jueves, 20 de abril de 2017

El fuego de la memoria

Hace unos días, cuando caminaba por una calle céntrica de la ciudad, percibí un fuerte aroma a pastas horneadas: una mezcla de masa de harina con anís y otros aditivos que no acierto a identificar, que procedían de un convento de clausura muy antiguo al que mi madre acude con cierta frecuencia a comprar sultanas, magdalenas y bollitos de leche, pero que en conjunto me trasladaron a esos primeros años de los que tengo conciencia de mi infancia, en esas mañanas luminosas de verano en nuestro pueblo. De repente, me vi subida en una bicicleta color malva con un canasto en el manillar con la que diariamente me desplazaba hacia el horno para comprar el pan y, a veces, algunas pastas típicas de allí que solía desmigar en el cuenco de leche. 

Ese olor a despertar ansiosa por asearme y subirme en la bici que tanto me gusta y transitar por las calles saludando a la gente que tan familiarmente me trata siempre que voy.

En definitiva, un olor a verano, naturaleza, libertad, familia y amistad.
Unos instantes, tan fuerte como un tornado, me envolvió sin darme cuenta y me llevó cientos de kilómetros hasta el lugar que alberga mis más entrañables recuerdos.

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